Leer mientras se escucha “El danzón no. 2” de Arturo Márquez. (Para escuchar la melodía da click aquí).

Ahí estaba yo, esperándote a que regresaras, bajo la sombra de aquél árbol de bugambilias que se mecía al compás de los danzones de Márquez, el viento resoplaba sigilosamente mientras la orquesta seguía tocando nuestra canción: “El danzón no. 2” fue la melodía con la que me miró y en la que me perdí entre sus brazos, besos y pantorrillas.

Con piel canela, ojos almendrados, labios carnosos y piernas de lujuria, Claudia se encontraba al otro lado del quiosco, llevaba un chal rojo y dos claveles en su recogido, uno blanco y otro rojo. Me miró de los pies a la cabeza, y a decir verdad ese día mis zapatos y mi pantalón lucían impecables, me armé de valor, acercándome a ella y nos limitamos a sonreír.

Con la mano izquierda sostuve sus caderas entre las cuales me perdía y sobre mi mano derecha descansaba la suya que se sentía como un pétalo en flor. Su aroma era una mezcla de miel y vainilla, que si no lograba hacerme caer a sus pies, caería entre sus dos redondos senos, boquiabierto por la impresión de conocerla.

Bailamos unos minutos con la mirada fija, sin decir ni una sola palabra, el ritmo de la música comenzó a acelerar y los pasos cada vez más firmes y rápidos se hacían notar, como también notaba un ligero toque de angustia en el ceño que fruncía.

Extrañado volteé hacia atrás para ver qué era lo que sucedía, sin encontrar nada de primera mano seguimos bailando, pero su respiración se iba entrecortando y las manos que suaves parecían pétalos en flor, poco a poco se tornaron húmedas como signo de angustia.

Los pequeños tacones parecían comenzar a tropezarse con el vuelo del vestido, yo seguía desconcertado y sin saber qué hacer o cómo reaccionar, se me ocurrió preguntar: -¿Estás bien? – y ella sólo me respondió: -Mejor que nunca.

Lo que yo no sabía era que desde el otro lado de la plaza su padre la estaba esperando con machete en mano, quien desde recién nacida comprometió a Claudia a ser la mujer de cama de su compadre, que tiempo anterior los había salvado de quedar en la ruina a ella y su familia.

Los pasos cada vez más torpes por la angustia de saber si su padre se dejaría venir sobre mí ya que ella había desobedecido la orden de permanecer en su casa, y no salir de ella, pero veía que esa era la única forma de que pudiera salir de ahí. Paso a paso y con la música más fuerte y más rápido el padre de Claudia se iba acercando hacía mí, con paso lento pero firme al fin y al cabo lleno de rabia porque su hija lo había desobedecido.

Ella tratando de esconderse sobre mi camisa almidonada y con un grito de angustia que más evocado hacía afuera que hacía adentro, su padre fue golpeándola hasta dejarla sin vida.

Sobre mis brazos cayó la mujer de la cual había estado enamorado por completo, el vestido que en un principio era blanco, terminó por pintarse de rojo, un rojo que en la vida olvidaré, un rojo lleno de ilusiones, lleno de promesas y ambiciones, un rojo que sonaba a travieso carmesí.

Hoy yo, Joaquín, sigo esperando a que las olas del viento regresen y me suspiren entre versos que aquel perfume con olor a vainilla ya no tarda en regresar por mí.

Si te gustó este cuento, compártelo y pásalo, porque de no hacerlo puede que o Claudia o Joaquín, puedan ver un desenlace diferente al de la historia. 

Nos leemos pronto, Oscar.

Para escuchar el Danzón No. 2, da click aquí.

Escrito por Oscar Santoyo

Comunicólogo, 26 años, Sports Marketing, Lifestyle, Blogger, amo la Música, las Relaciones Públicas y el Teatro Musical.

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